Sin permiso, por favor.

"El mundo moderno no será castigado; es el castigo"

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Lima, la caótica.

Posted by Proyectos LIJO en 27 abril 2015

La avenida Javier Prado es una de las principales arterias de la ciudad, pues comunica el este marítimo con el oeste montañoso a través de algunos de los distritos más prósperos de la urbe y en consecuencia, sede de negocios de todo tipo. Magdalena, San Isidro, San Borja, Surco, La Molina… A través de ella miles o decenas de miles de coches y autobuses circulan cada día provocando en algunas ocasiones tales atascos que no tienen parangón con ninguno que haya sufrido o presenciado antes. Las ambulancias y coches de policía sacuden en vano sus sirenas para pedir un paso que todo el mundo les niega. No me quiero imaginar al infartado que pudiera ir en ese momento en esa ambulancia que, hace unos meses, pasó más de 40 minutos parada mientras su conductor contemplaba como su aviso acústico y visual era ignorado por todo el mundo. Los cruces de las avenidas y calles que atraviesan esta vía, ausentes de ese recurso vial que bien usado son un alivio real -las rotondas, glorietas, raquetas u óvalos como les dicen por aquí- se bloquean por que todo el mundo quiere pasar y no respetan el espacio de dichos cruces. Si sumamos lo mal programados que están los semáforos y la inacción e ineficiencia generalizada de la policía de tránsito, que las más de las veces se preocupa más de hablar por teléfono que de cumplir su labor, podemos hacernos una idea del caos del tráfico que se vive por aquí. Esta ciudad ha pasado en tan solo 10 ó 12 años de no tener apenas coches, a tener cientos de miles, sin una previa adaptación de las vías a este volumen. Y no hay metro (Sólo una línea recién inaugurada)

El ejemplo de la Javier Prado sirva para ilustrar un mal que afecta a todas las grandes vías: Panamericana norte y sur, Universitaria, Carretera Central, Costa Verde, etc, etc, etc…

Esta es una megaciudad de casi 10 millones de habitantes, casi dos más si sumamos la Provincia Constitucional del Callao, que es limítrofe con varios distritos de Lima: San Miguel, San Martín de Porres, Los Olivos, Puente Piedra…

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Y la vida aquí no es sencilla. Las grandes distancias entre los puntos hace que los traslados sean eternos. Cualquier simple movimiento lleva más de 30 minutos y puede llegar a ser de 3 horas si nos desplazamos entre conos (norte y sur) y vamos en transporte público. Pero el transporte aquí no es como en otras partes. A diferencia de ciudades como Madrid, Nueva York, Londres, Berlín o, sin salir de la región, Buenos Aires o Santiago de Chile, en las que la seguridad y rapidez del metro hacen los traslados mucho más agradables, Lima se desangra en un caos de coches, taxis, combis, cúster y buses que recorren avenidas, calles y jirones a toque de bocina, gritos y peleas entre conductores y cobradores y estos con taxistas y conductores privados. Las combis, pequeñas furgonetas en muy malas condiciones técnicas, conducidas muchas veces por chóferes que ni siquiera tienen los papeles suyos ni los del vehículo, articulan la ciudad del proletariado.(algunos periodistas locales han llegado a afirmar que muchos de esos conductores son delincuentes que han cambiado la pistola o la navaja por el volante) En los paraderos, se agolpan varias unidades de transporte a la vez, de todos los colores y tamaños, que cargan personas que se asemejan más a una lata de sardinas que a un vehículo a motor, y de empresas de variopintos nombres. En sus costados llevan rotuladas a pincel las calles, avenidas o emplazamientos más importantes por los que pasan, mientras que los cobradores de manos negras por las monedas, vocean en una jerga difícil de entender para los recién llegados, los siguientes destinos en los que van a hacer escala. Casi todos ellos son hombres, aunque también alguna mujer que, a voz en grito, afónicos al final del día, animan a los transehúntes a subir a sus carros y viajar con ellos en un constante vaivén de acelerones, frenazos, volantazos, roces con otros usuarios, suciedad y desprecios por parte de los responsables del bus. Los accidentes se suman día tras día, por lo que montar en estos cacharros supone una suerte de ruleta rusa en la que no sabes lo que puede pasar. La falta de señalización, la mala semaforización y el poco o nulo respeto que los conductores tienen hacia las normas viarias y hacia el peatón que ose ponerse en su camino, abultan una estadística de atropellos y colisiones que dejan siempre víctimas mortales y heridos de gravedad.

Junto a los paraderos, mujeres y hombres venden de manera “informal” (Eufemismo para no decir ilegal) todo tipo de productos: Golosinas, refrescos, gaseosas, agendas, libros, bolígrafos, llaveros, bisutería, ropa, pilas, relojes, paraguas que en verano se usan para cubrirse del sol, pues en Lima nunca llueve. También comida “al paso”: espaguetis con pollo, caldo de gallina, hamburguesas en carritos adecuados para ello, papa con huevo, choclo con queso, chica morada, agua de maracuyá, helados… La actividad económica aquí bulle, y si se pudieran contabilizar los dineros que al día se mueven en este curioso y peruanísimo comercio ambulante, estoy seguro de que tendríamos datos que superarían ampliamente los 5 millones de soles diarios… Siendo pesimistas.

La vida en torno a este curioso y “exótico” modo de moverse, al que debemos sumar la existencia de triciclos motorizados que hacen las veces de taxis para recorrer pequeñas distancia dentro de los barrios, se asemeja más a un hormiguero desorganizado en el que la gente va y viene en sus quehaceres diarios y rara vez podemos ver un ejemplo de amabilidad.

Lima, pese a los esfuerzos de algunas pocas personas, no está pensada para el peatón. Y eso, como español conocedor de parte de la realidad europea, se echa de menos.

 

 

 

 

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