Sin permiso, por favor.

"El mundo moderno no será castigado; es el castigo"

¿Y qué si me importa?

Posted by Proyectos LIJO en 17 diciembre 2014

Llevo varios años sin escribir en mi blog. No sé, puede que ahora pasen otros tantos sin volver a escribir. En este tiempo han sucedido muchas cosas en mi vida. He cumplido años, me han salido canas, monté mi empresa, me arruiné, murió mi padre… En este tiempo he pasado calamidades y noches sin dormir, básicamente por el maldito y asqueroso dinero. El pasado año 2013 me fui a Perú, a trabajar de voluntario a una casa de acogida para niños en Puerto Maldonado, departamento de Madre de Dios, que está a cargo de aquel sacerdote del que escribí hace tiempo con buenas palabras. Fueron algo más de 5 meses que me sirvieron para conocer una realidad muy distinta a la mía. Un clima extremo que no da tregua en cuanto al calor y la humedad, que hace que la vida salvaje sea increíblemente fecunda. Bichos de todo tipo me han picado en todas partes, desde zancudo hasta mantablanca, pasando por una avispa naranja con el culo negro que me dejó como si hubiera tomado un par de cajas de cerveza. Isango, garrapatas, hormigas… “Lo peor de la selva no es lo que ves, sino lo que no ves” Me decía un biólogo que conocí brevemente. Y qué razón tenía. En cuanto a la casa, ¿Qué decir? conocía al cura desde el año 1998, persona a la que admiraba. Y cuando llegué esa admiración poco a poco se fue desmoronando. Pocas personas tan soberbias me he encontrado. Tanto que al final me tuve que ir, aun cuando la voluntad y el compromiso que tenía era el de estar apoyando el proyecto, al menos, todo el 2014. Pero no pudo ser. Supongo que algún día el tiempo y Dios pondrán a cada uno en su sitio. Y digo supongo porque en la distancia, con las publicaciones de facebook y las bonitas palabras escritas en artículos de hace años, publicadas una y otra vez, uno no aprecia ni se imagina cosas como la desmedida ambición de alguien al que los niños no le importan demasiado sino el desarrollo de un proyecto que tiene el único fin de alimentar su soberbia y su orgullo, poniendo como pantalla a niños que, salvo una o dos honrosas excepciones, nada le importan. Pero no voy a hablar más de ello. Sé que estas palabras me darán algún que otro problema, pero sinceramente me resbala. No soy el único testigo de aquello y sé que el resto de ellos confirmarán lo mismo que yo cuento.

Una vez que aquella experiencia se derrumbó, Lima fue mi siguiente destino. Salí de Puerto en un día lluvioso. O mejor dicho, quise salir, ya que la intensidad y volumen del agua que caía era tanta que no había manera de que un avión aterrizara o despegara en la única pista del José Aldamiz. (En los días y semanas previas, la intensidad del “invierno” amazónico había provocado la evacuación de varios pueblos indígenas que, a las orillas de los ríos Piedras, Tambopata y Madre de Dios, habían visto sus chozas y aldeas inundadas) De Puerto Maldonado me llevé un par de buenas amistades, algún amanecer en la chacra, cielos estrellados, caminos polvorientos, bichos en la memoria y la satisfacción de haber ayudado a hacer la vida de unos pocos niños un poco más fácil, a pesar de todas las trabas que me encontré. También me llevé el sabor amargo de una gran decepción. Tuve que esperar, pues, al día siguiente para que el avión llegara del Cuzco y poder volar a la capital del Virreinato.

Lima aparecía soleada y brillante el día que llegué, 13 de febrero, en pleno verano austral. Voy a obviar detalles que quizá algún día cuente (Como el hostal en el que me alojé la primera noche, o la sensación de caos al ver las calles llenas de basura y desperdicios sueltos) Huelga decir que el choque fue brutal, como es lógico.

¿Y qué si me importa? Ese es el título que he puesto a este post o artículo, que creo sea más apropiado. En este tiempo, cuando ya va para el año que llegué a esta megaciudad, las anécdotas se acumulan y los proyectos tratan de salir adelante. Tras la consecuente adaptación (Aun estoy en ello) han vuelto a brotar en mí esas ansias revolucionarias que tengo desde que hace 20 leí a Jose Antonio. Muchos me dicen que no me meta en tratar de arreglar el tráfico o de buscar el respeto de los conductores cuando quiero cruzar la calle. Tampoco me recomiendan tratar de detener agresiones a mujeres que he visto en plena calle o de corregir la actitud crónicamente cochina del peruano medio, que se cree que los papeles y envoltorios de galletas y botellas de bebidas gaseosas -a la que tan aficionados son aquí- desaparecen del suelo por arte de magia. Pero ¿Cómo no meterme? Me dice alguno que qué me importa, que haga mi vida y que me olvide de tratar de mejorar la sociedad en la que ahora vivo. Y a veces lo pienso, pero luego me digo ¿Y qué si me importa? es lo que me han enseñado, así me han educado y así soy y quiero ser, aunque la hostilidad de una ciudad como esta me ha hecho cambiar, estoy en todo mi derecho a que me importe y a querer mejorar la sociedad presente.

Ahora salgo con una maravillosa limeña, que es todo un ángel con un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Solo por ella y por los hijos que quizá algún día tengamos, merece la pena. ¿o no? Es mi derecho. Y trato de ejercerlo.

Hasta la próxima.

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Una respuesta to “¿Y qué si me importa?”

  1. Me alegra saber de ti. Y…pobre de nosotros si no nos importase….
    Un saludo y Feliz Navidad.

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